Los peces naranjas del sol atardeciendo
vienen en oleajes a atravesarme los ojos.
Una vez adentro se miran ofuscados y desaparecen,
la magia que los atraía era falsa.
Y ahora atrapados, explotando, estallan.
Puede que la locura empiece a tallar por dentro,
con su torno elástico, de bordes carcomidos
de saltos al vacío, simplemente por crecer
en el vuelo, en el aire, y olvidarse de la gravedad.
Por crecer un sueño, se transfigura la piel
y se torna gruesa
llena de mensajes
que dicen.
Dicen.
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