3.2.10

Entro latiendo
desbordado
cuarto pequeño
que contiene
que rompo de a pedazos.
Desarmo el techo
que me detiene
y despego.
Todo lo que un domingo puede,
sale corriendo
y se convierte en lunes,
en vorágine,
en movimiento al fin.
Movimiento invisible
que me pone de rodillas
esperando,
esperando.

En el verano se agranda el desierto,
el vuelo se acerca al destierro
y los vendavales derriten la piel.
Dibuja un cisne, un círculo abierto
en costas avanzadas por el hierro,
donde los peces se acercan a la miel
y los taladros crujen un nuevo suelo.
Abre un mundo, digo dos.
Desvencijado lo absorto
y la entelequia en pie...
mirá,
una biscacha...
me distraje.

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