26.1.09

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Una luz de frases quietas en un mar inalterable. Se saborea.
La caída desprolija de las hojas revienta los peces de mi alma y en el rincón más obsoleto despierta una llaga, la mueve, y abre.
Las traiciones soberbias de los pájaros hacia tu mirada, que se desvela reprimiéndose, la taciturna caminata de los escarabajos hacia tu mandíbula, el desprendimiento de estalagmitas sobre tu cabeza y el encierro de palabras, son el comienzo de tu tragedia.
Ahora los ciervos ya descansan bajo tierra, son otra cosa, son gusanos, son minerales, quizás ya sean la savia de alguna planta o un pequeño pasto, quizás esten en el aire, siguiendo siendo seres del todo, pero ya no son tuyos.

El desquite de todo lo ajeno a la tierra te lleva por ríos obsoletos. Ríos por así decirlo.

Ya las salidas se recubrieron de moho, esa puerta que miras, supo ser salida pero ahora es entrada y esta sellada.
La homogeneidad de los pasos que diste para salir es inaudita, se puede hablar de una perfección, pero todo se acribilla al ser perfecto, porque lo perfecto no es humano.
Sin embargo los llantos claman y claman por una entrada pero no hacen más que oxidar compulsivamente las herrumbres, conformando piedras, la puerta se sella infinitamente.
Ya sabes que lo perfecto no es humano, pero lo infinito si.
Entonces te sientas y lloras un mar, lloras dos mares, cierras los ojos y las olas aparecen, te recubren, te sanan las heridas, pero dejan sal, y la sal te corroe por dentro, desearías que también haga algún efecto en tus puertas, pero solamente lo empeora y entonces la distracción, y el disfrute del paso del tiempo, mientras todo adentro, se endurece.

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