26.1.09

Líneas garabateadas por una mano extraviada dividen este bosque de almendros del campo que yace atrás mío. Páramos abiertos, agazapados.
La nuca, tibia todavía, se sumerge de a poco en lo claroscuro. Refugio infinito, como abrazo etéreo, pero siempre asfixiante.
El camino incierto se abre. Mirando hacia arriba veo las flores blancas erguirse, ofrendando sus jugos al cielo. Sé que mi recorrido incomoda sus sueños de sol y oigo sus ojos cerrarse, pequeños gorriones bañándose en el polvo, gorgoteos de néctar.
Y mientras un hombre despellejado se escurre entre ramas, las cenizas se elevan del suelo, tapándolo todo. Ni los árboles, ni el despellejo.
Todo ahora son cataratas de polvo muerto, que el viento desparrama, me cubre los ojos. Solo me queda recostarme en este suelo que ya no veo.
Abro la boca como para sentir algo, al menos la garganta.
Y duermo.

[Pensaba que cuando me despertara, ya no iba a haber más polvo.]

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